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6 dic. 2011

POKER DE REINAS



DE LA PRESENTACIÓN DEL POEMARIO “POKER DE REINAS”
de Pedro José Moreno Rubio
Premio Alcap de Poesía 2010

POETA DE LA SERRANÍA CONQUENSE
Y EL HÁLITO AUDAZ DEL MEDITERRÁNEO”


PEDRO JOSÉ MORENO nació en Chumillas (Cuenca) en 1940 y reside en Valencia desde 1970. Como autor y dinamizador de poesía se halla compromotido con diversas entidades cuturales. Su presencia destaca en foros literarios: tertulias, recitales, jornadas, congresos, homenajes... En el año 2005 fue premiado,en la modalidad de ensayo, el libro de su autoria “50 Años de Historia” de la Asociación Amigos de la Poesía, editado por la Diputación de Valencia. Sus obras han sido objeto de destacados comentarios y se inscriben en el paisaje literario de la Comunidad Valenciana. Destila su lírica alambiques de depuración en ferviente itinerario ascendente. En su poemario “No detengáis el alba” en un acto de íntima confesión, manifiesta: “Puliré y daré lustre a mis palabras para que sean limpias, luminosas y sintamos nacer lo que aún no vive”.
Pedro J. Moreno es sin duda un poeta laureado, su escritura desde el primera publicación, así lo anuncia. Su discurso nos ha alcanzado bajo el cielo raso y el firmamento extasiado de tules. Perseverante en su tarea, desde su primer poemario “Sed de presencia” (1983), por medio del cortejo creativo, del romanticismo enmarcado en sus adentros, ha desvelado su mundo: emociones e inquietudes desgranadas en modulación reflexiva y sincera. Pedro J. Moreno es poeta de línea sobria, mas no exenta de luminosidad alegre; rasgos indisolubles presiden su trazo. Se entremezclan hermanados: campos de labranza y fuentes, jardines y pinares, cebada y trigo, flores y frutos en balanza marinera. Pero custodia Pedro José, tras su sencillez aparente, la grandeza del discurso formal bien construido, cincelado en tintes rimados, sensibles veredas de versos donde rezuma la gracia de la contemplación, vida y embelesamiento en solidaria comunión con la naturaleza. “Cuando pongo los pies sobre la tierra/ sé que el mundo en que estoy me pertenece”*. La casa desolada. “Donde nace la luz”, 05ediciones, 2010.

Moreno, como buen alfarero de la palabra amasa el barro y el agua, moldea cenefas de conjunción exacta, nos obsequia las distintas gentilezas que recibe su poesía. “Te miré. / Me miraste. / Se encontraron nuestras miradas. / Nada se dijeron y se dijeron todo.”/ (Nido de crisálidas, 1988).
En el año 2007, la Diputación Provincial de Cuenca publicó una antología bajo la denominación “CON EL VIENTO SOLANO”, cuyo título recoge sus publicaciones. Les recomiendo la lectura. Títulos como: “Sed de presencia”, “Apenas voz, tal vez viento”, “Albriciador de auroras”, “Ven, Raquel”, “Agua dulce”, “Mi Dios es madre” o “Mujer de luna”. Conceptos y palabras llenos de luz y esperanza se manifiestan constantes a modo de presentación, invariables luminarias en la poética del autor, piedras angulares en constante alianza con la naturaleza. Persigue Pedro José la búsqueda de lo bello en cada criatura, el ideal ético-estético plasmado en su imaginario al fundir en un solo naipe pasión y meditación, ética y moral, la sensualidad exuberante y la ternura.

El antólogo Miguel Romaguera, Doctor en Filología Hispánica, recorría los recovecos de sus versos, parajes de luz embaídos en el trigo castellano y la dulzura del Mediterráneo. “Es ahora el momento de retomar en este análisis lo dicho al comienzo respecto a las dos vertientes de la poesía española del siglo XX, lideradas por J. R. Jiménez y A. Machado. Pues bien, Pedro José Moreno tomará de ambos lo que mejor se adapta a sus necesidades cosmovisionarias, integrando ambas tendencias a su modo y recogiendo, asimismo, el legado del 27, especialmente quizá, el de Lorca, Hernández y V. Aleixandre por lo que se refiere a la adopción de un ego poético sublime”.
Hace honor a estas palabras el resto de su obra. Pedro J. Moreno ha quedado cinco veces finalista de los Premios de la Crítica de la Comunidad Valenciana, la última vez el pasado año 2010, por su poemario, “Donde nace la luz (05 ediciones). Estos versos extraídos del poema Peñón de Ifach son fiel documento de su sentir:

Solo estoy ante el mar y su silencio.
Solo ante la niebla de los días;
frente al altivo gesto de la piedra
que, emergiendo del agua rememora
la sólida quietud de las estatuas.
Me sobrecoge ver tanta hermosura.

Y, desde el sobrecogimiento que le produce la contemplación de la belleza, su acompasada voz nos deleita con una nueva entrega, el libro de poemas, ganador del Premio ALCAP de poesía 2010. Edición. cuya portada, diseñada por Juan Pedro Ruiz Giménez arropa sobradamente el contenido.
En Poker de Reinas el verso de Moreno deviene lugar común donde el alma extasiada aúna en paisaje sentimental la profundidad de un poeta que en su madurez conjuga el verbo, en esta ocasión, a través del dibujo de sus personajes. Intenta desgranar la riqueza del perfil requerido, y las figuras elegidas le ayudan a conseguirlo. Enlaza en hilván artístico, fervor y respeto, admiración y rendida pleitesía hacia la savia de la existencia, por ende, hacia la mujer. Ella, única, adorada, amiga, madre, mujer creadora de albor y enigmas. El autor dirige su dilección a veintiún nombres femeninos, veintiuna formas sin hendeduras psicológicas; damas que en su acontecer propician afanes y ensueños libertados de la firme pincelada del poeta. La poesía de Pedro J. Moreno deviene de su formación, con cuidado recorre sus versos: radiaciones de paso certero que, regentadas en dialéctica con el entorno provocan en el lector delicia estética: incorporan en un mismo pálpito aire y tierra, inmensidad y anonadamiento. Contrastes simbólicos y panteístas, equivalencias entre sentimiento y sosiego, transparencia de lo eterno en lo temporal, de lo profano en lo sagrado, otorgan en entramado natural el placer del gozo. Se metaforiza lo que se ama, y es en el amor hacia los seres y las formas, donde halla Pedro José el puntal de energía para configurar sus estrategias.
El poemario no ofrece ninguna división, no hay partes derogadas. Su estructura es singular, su tema único. Llegamos al conjunto de poemas conducidos por una cita del poeta Marcial: “¿Por qué aún, oh musa, te gusta divertirte?”, llamada que ilumina con acento sencillo y atrayente el rostro mágico y caprichoso del acto creativo. Esas musas de rasgo clásico, cuyas ocupaciones eran maravillosamente placenteras, parecen indicar que el poeta se mueve cómodamente bajo enunciados establecidos. También Dante, en la Divina Comedia, Infierno II, nos dice: “¡Oh musas, oh altos genios, ayudadme!”. William Shakespeare, en el prólogo de Enrique V, demanda: “Quién me diera una musa de fuego que os transporte al cielo más brillante de la imaginación” o Rubén Darío al impregnar los versos de azul modernista: “Nada al cantor determina/ como el genial estímulo del beso; / gloria al sabor de la boca divina: / ¡la mejor musa es la de carne y hueso!”.
Acaso no sea tanto la vivencia experimentada, el contacto personal lo que importe sino el acaecimiento mental sobrevenido de las sensaciones. De la riqueza meditativa inmortaliza el retrato de enunciados:
A través de la música, tus huellas, tu rotunda hermosura,
tu recuerdo,
mitad agua mitad luna,
la voz del hombre, la niña del cuento, tu poder femenino,
llega la reina, tú tienes una luz,
qué palabra podría definirte,
música eres tú,
el gozo de tenerte,
yo soy el mar, mujer irrepetible, inspiración,
estás en mí, llegó la primavera,
una mujer sin nombre, la voz del universo
o un viento inaprensible”

componen versátil recorrido de deleites para el corazón. Sea, esta sinfonía de elogios, un solo y único poema que el autor, a modo de galería, esboza galanamente. Al recoger con esmero sus ensoñaciones encumbra pulcras remembranzas en esas musas vitales que, como cuerdas de lira, percibe etéreas y concretas, sabias y bellas, con heridas o fosforescencias que hablan o callan “como cuando la luna se desnuda en el monte...”

Vives tu sueño y vienes
con tímidos vergeles en las manos
y te rinden honores las banderas.
O,

Dime tú, flor de nácar,
el secreto que guarda en sus pliegues la noche.
Dónde nace la luz que a tus ojos asoma
como nívea espuma que rompió su silencio...

Emanaciones que a modo de partitura rítmica obsequian a esa mujer que el poeta concibe manantial, río, raíz, señora, signo, canción, belleza y enigma de lo creado. La dama se engrandece en toda la poesía de Moreno y se convierte en lienzo donde los poemas diáfanos son trazos de luz, caricias o hilos dorados.

En el poema, TU PODER FEMENINO

Dame el secreto de tu fe, María.
Dame la estrella que en tus ojos fulge.
Dame tu aroma de azahar mojado.
Dame tu cuerpo en flor. Dame su música.

Implora don de largueza para adentrarse en el laberinto de la hiedra o el firmamento, imperativo vital para ahondar en los secretos femeninos.

No estás conmigo, pero estás en mí”. En este canto congrega a Ana Lydia, su esposa, desde el recóndito lugar del alma. Es, en el núcleo del ser, donde la luz renace para el poeta, donde el néctar de la vida alimenta de nuevo el amor, hecho verso, aurora, flor o vergel inagotable.
No hay oscuridad ni premura en la frondosidad transparente de las imágenes ofrecidas, solamente la depuración de la belleza unida generosamente al acto mismo de existir.
En esta obra podemos apreciar sutil giro estético a modo de “decantamiento”, marcado rumbo placentero sin coordenadas prietas, pasaje de ida hacia construcciones más desprendidas. Versos repletos de esquemas sonoros: repeticiones, aliteraciones, cualidades fónicas, idénticas o afines configuran la disposición de los sonidos en módulos rítmicos. El ambiente cadencioso creado ensambla fondo y forma, deviene símbolo, apresa femineidad y ternura dado que la mujer admirada es portadora de tales dones. No podía ser de otro modo el infinito cosmos imaginativo de Pedro J. Moreno.
Abundan las alusiones e imágenes florales, árboles de vida, estrellas, oleaje e ímpetu del mar. Se prodiga en construcciones de luz y agua, de aire marino, de huellas imborrables de voz y carne, como confirma el poema “LA VOZ DEL HOMBRE”

...que ve nacer el alba entre sus manos
y queda deslumbrado por la luz.

Tal vez sea este poema el más adentrado en dureza, el hombre solo sin el rescoldo de la luz primera,

...y siente que le amarga en la garganta
la inmensidad del mar en que se abisma.

El hombre acorralado por la noche,
rodeado de estrellas como perros
que ladran enseñándole los dientes.

Ese hombre que desde su ámbito de existencia clama y resarcía su alforja a la lumbre de la paz femenina.

El mismo hombre que asombrado de sí mismo,
llagado por la luz del universo,
por el claror inmenso de los astros,
sintió su propia sangre desbocada
y comenzó a cantar.

Sus notas prendieron los cielos, rasgaron las nubes y el alba ensanchó su manto sobre el horizonte nítido de reinas de niebla o silencio. Arco iris de figuraciones merodeaba en la luz o las sombras del paraíso, territorio distinto o equivalente, arrebujado en el esfuerzo, en las lágrimas y risas de todas las mujeres.
El poeta siente necesidad de evadirse hacia paraísos donde predomina la sensualidad envuelta en matices cromáticos y resonancias de exquisitez. Paralelismos, comparaciones, unión o semejanza son su aliados. Utiliza figuras luminosas, configura cinestesias, mezcla sensaciones percibidas, intercambia distintos sentidos. Metáforas inscritas en lenguaje natural y antirretórico tejen la galería de imágenes que, en diferentes planos, con delicada precisión y amplitud, transmiten los elementos diferenciadores de la poética personal de Moreno. La intención expresiva unida al significado convoca en sugestiva realidad, forma, color y serena armonía: acentuación para bailar al ritmo de música grácil, forjada en delicado sentimiento que, a modo de runa, desentraña el camino en el último poema:

El amor es un viento inaprensible
cautiva flor
que en el tiempo perdura y fructifica.

El sentimiento, manantial vibrante, estimula a la meditación, arropa sus indagaciones o, simplemente, apuesta en cada verso, con fervor, por la construcción de un mundo más humano.

Rosa María Vilarroig Colomé

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